¿Qué ocurre cuando una máquina puede mostrar imágenes de algo que nunca sucedió, pero que parece completamente real?
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| Alegoría de la realidad y la inteligencia artificial. Imagen generada con ChatGPT. |
La IA como paralaje de la realidad
La realidad frente al observador
La tesis de este artículo es sencilla pero inquietante: la inteligencia artificial no puede alterar la realidad, pero sí puede desplazar el punto desde el cual los seres humanos la observamos.
En física existe un concepto llamado paralaje. Describe el fenómeno por el cual un objeto parece cambiar de posición dependiendo del ángulo desde el que se le mire. El objeto no se mueve. Lo que cambia es el observador.
Algo parecido comienza a ocurrir con la inteligencia artificial.
Los hechos del pasado no cambian. La muerte sigue siendo irreversible. Un evento histórico no se reescribe porque una máquina lo represente. Sin embargo, las herramientas tecnológicas actuales tienen la capacidad de modificar profundamente la manera en que percibimos, imaginamos e incluso sentimos esos hechos.
La IA no cambia lo que las cosas son en realidad, pero sí tiene la fuerza de distorsionar nuestra percepción.
Ese desplazamiento del punto de observación, ese paralaje de la realidad es el fenómeno que intentamos analizar aquí.
La proyección de la realidad a través del tiempo
Desde sus orígenes, el ser humano ha intentado capturar y proyectar su realidad.
Las primeras huellas aparecen en las pinturas rupestres. Aquellos trazos primitivos en las paredes de las cavernas eran simples, pero sorprendentemente claros en su intención: representar animales, movimientos, escenas de caza. Era una forma de fijar el mundo en una superficie.
Con el paso de los siglos, esa capacidad se fue refinando.
De las representaciones simbólicas pasamos al dominio técnico del Renacimiento, donde los artistas aprendieron a dominar la perspectiva, la anatomía y la luz para acercarse cada vez más a la realidad visible.
Posteriormente surgieron corrientes como el realismo, cuyo objetivo era representar el mundo con la mayor fidelidad posible.
Ese camino encontró un punto culminante con la invención de la fotografía y, posteriormente, el video. Por primera vez, el ser humano no solo interpretaba la realidad: podía capturarla directamente.
La cámara parecía cerrar el ciclo. Era, aparentemente, el retrato definitivo del mundo.
Pero entonces apareció una nueva herramienta:
La inteligencia artificial.
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| Miles de años intentando representar lo mismo: la realidad. |
El abismo sin tiempo
Las inteligencias artificiales actuales han sido entrenadas con una cantidad colosal de información acumulada durante años: pinturas, fotografías, películas, textos, grabaciones de voz y música. Gracias a ello, son capaces de generar respuestas casi instantáneas.
Todo esto ocurre mediante algo sorprendentemente simple: una instrucción escrita, un prompt.
Para entender mejor el fenómeno conviene mirar brevemente cómo funciona la inteligencia artificial por dentro.
Contrario a lo que muchos imaginan, la información que utilizan estas máquinas no está almacenada como una biblioteca de imágenes o archivos organizados en carpetas.
En lugar de eso, todo se representa en lo que los científicos llaman espacio latente.
No es un lugar físico, sino un mapa matemático.
Cada imagen, cada sonido y cada palabra que la IA ha aprendido se convierten en coordenadas dentro de ese mapa. Son números, vectores y relaciones estadísticas.
Cuando alguien escribe un prompt, ocurre algo parecido a lanzar un arpón hacia ese océano de coordenadas. La IA recorre ese espacio latente, busca la región estadística que coincide con la instrucción recibida y regresa con un resultado que nunca existió antes, pero que parece posible dentro del patrón aprendido.
En ese sentido, el espacio latente funciona casi como un territorio sin tiempo.
Datos de la prehistoria, estilos artísticos del siglo XVII, paisajes contemporáneos o imaginarios del futuro pueden coexistir dentro del mismo mapa matemático.
Todo está allí, estático, esperando ser consultado.
La máquina no distingue entre pasado, presente o futuro.
En ese universo geométrico todo puede ser generado. Y, sin embargo, nada de eso ha ocurrido realmente.
Ahí aparece el verdadero paralaje.
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| Un prompt no busca una imagen existente: activa conexiones dentro del mapa neuronal y genera una nueva combinación posible. |
El paralaje de la realidad
Como acabamos de analizar, basta con introducir una frase para que la máquina devuelva una imagen hiperrealista, una canción completa, un texto complejo o incluso una voz sintética capaz de imitar a una persona real.
Hoy vemos sus efectos todos los días.
Las redes sociales están llenas de imágenes generadas por IA, infografías, memes y textos optimizados para captar la atención. Grandes profesionales como: ingenieros, médicos o programadores utilizan sistemas de IA como asistentes técnicos.
Incluso infraestructuras críticas del mundo moderno ya integran inteligencia artificial: redes eléctricas, sistemas logísticos, plataformas financieras y programas de defensa nuclear.
Pero también aparecen usos más íntimos.
Hay personas que recrean fotografías con seres queridos fallecidos. Otras van más lejos: alimentan sistemas de IA con antiguos chats de WhatsApp, audios o mensajes de voz para generar una simulación conversacional que imita la forma de hablar de alguien que ya no está.
Para quien lo experimenta, la sensación puede ser poderosa.
No es la persona real, pero la experiencia emocional puede sentirse cercana a ella.
Al mismo tiempo, millones de personas consumen videos virales generados por IA que presentan escenas surrealistas o imposibles, y muchas veces se comparten como si fueran reales.
Entonces surgen preguntas inevitables:
¿Dónde termina la representación y comienza la distorsión?
¿En qué punto la realidad se desdibuja y comienza el paralaje?
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| Restauraciones del retrato del periodista alemán radicado en Nicaragua Herinch Gottel |
De una imagen casi ilegible del periodista Enrique Göttel surgieron varias restauraciones posibles. Todas parten del mismo punto, pero cada una reconstruye los rasgos de forma distinta. Compare las imágenes y decida:
¿Cuál crees que se aproxima más a la original?
La recreación de la historia
Existe una antigua pregunta filosófica:
Si un árbol cae en el bosque y nadie lo escucha, ¿hace ruido?
Aplicada a la historia, la pregunta sería otra:
Si algo pasó en el pasado pero nadie lo escribió, nadie lo pintó y nadie lo contó, ¿existió para nosotros?
La respuesta incómoda es que, desde nuestra perspectiva actual, no existe.
Es un árbol caído en la más absoluta soledad: sin testigos, sin documentos, sin memoria.
Cuando la inteligencia artificial intenta recrear una escena histórica, se enfrenta a ese mismo bosque incompleto de información.
Hay zonas bien documentadas: eventos, personajes, batallas, edificios.
Pero también existen enormes vacíos donde nadie dejó registro.
Entonces la IA intenta reconstruir el bosque entero, pero donde aparecen estos vacíos planta árboles parecidos, pudiendo equivocarse y distorsionando el resultado en el proceso.
Para entender lo que ocurre aquí, recordemos otra vieja paradoja filosófica: el barco de Teseo.
Imaginemos un barco antiguo. Con el paso del tiempo, sus tablas se van deteriorando y se reemplazan una a una por madera nueva. Eventualmente llega un momento en que ninguna pieza es la original.
La pregunta es simple: ¿sigue siendo el mismo barco?
Algo similar ocurre cuando la IA reconstruye el pasado.
• La madera original: un dato histórico real, una fecha o un nombre.
• La madera nueva: lo que la IA completa por probabilidad estadística, como el color de una tela que nadie describió o un rostro que nunca fue fotografiado.
Cuando la recreación termina, nos da una escena que parece convincente.
Pero si demasiadas tablas han sido reemplazadas, el barco deja de ser historia y se convierte en una fantasía con apariencia de verdad.
Arriba se encuentra la fotografía original. Abajo, la misma imagen fue recortada y la inteligencia artificial reconstruyó la mitad faltante. El resultado parece coherente, pero una mitad pertenece a la historia y la otra nunca ocurrió.
Conclusión
La inteligencia artificial es, ante todo, una herramienta.
Su valor y sus riesgos dependen del uso que los seres humanos decidamos darle.
En los años 50 circuló una curiosa historia sobre una máquina llamada Cronovisor, supuestamente capaz de observar eventos del pasado. Según la leyenda, el Vaticano habría temido que esa tecnología revelara que la historia era diferente a como se contaba.
Si aquella máquina imaginaria amenazaba con provocar caos al revelar secretos y verdades ocultas, la inteligencia artificial generativa plantea un peligro inverso: el de producir relatos que podrían terminar compitiendo con la propia realidad.
Aquí regresamos a la idea inicial.
La inteligencia artificial no cambia lo que ocurrió, no altera los hechos ni resucita el pasado, pero sí puede cambiar el ángulo desde el cual lo observamos.
Quizás estamos ante el colapso de la confianza.
Este paralaje de la realidad que hoy analizamos podría convertirse en uno de los grandes desafíos culturales de nuestro tiempo.
Porque si todo puede ser simulado con suficiente precisión, la pregunta ya no será qué es real. La verdadera pregunta será en qué podemos confiar para reconocer la realidad… y cómo podremos demostrarlo.
Me gustaría conocer tu opinión. ¿Qué piensas sobre todo esto?
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